13 de marzo de 2008

El pozo, de Juan Carlos Onetti

El pozo


Una obra concreta, pulcra y redonda. Completa. En una sensación de incomprensión, de confusión crónica y de vacío terminé El pozo.
Una vorágine de imágenes, ideas, anécdotas y sueños que se proyectan en la angustia de mis contemporáneos. Eladio Linacero, un poeta, un fracasado, ve por primera vez las cosas. Esta claridad, envidiable, de Linacero, provoca que se vierta, casi por completo, a la ficción. Se mete dentro de sí mismo y narra su propio mundo onírico. ¿Será que nuestros sueños dicen más de nuestra vida, que nuestras acciones conscientes?

Y así, el poeta se dedica a escribir la historia de un alma, “de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no”. Es decir, narrar su vida fuera de las condiciones fatalistas de la sociedad y de sus actos. ¿Qué le queda? Sus proyectos frustrados, sus deseos, sus ideas nunca concretadas… sus sueños. Al final, quizás eso seamos todos… caminos inacabados, la misma pregunta de ¿quiénes somos? jamás respondida… e imposible de responder. Esta es una posibilidad: somos la pregunta encarnada…

“Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo. Ahora se siente menos calor y puede ser que de noche refresque. Lo difícil es encontrar un punto de partida. Estoy resuelto a no poner nada de la infancia. Como niño era un imbécil… Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños. Desde alguna pesadilla, la más lejana que recuerde, hasta las aventuras en la cabaña de troncos”.

En fin me quedan ciertas dudas…
¿Si no somos lo que hacemos, lo que sabemos, lo que entendemos o lo que contestamos, qué somos.. quién soy? Tal vez, lo que resta de todo eso. Soy la propia pregunta. De esta manera, Linacero palpita en una vida plana (hombre de cuarenta años que jamás consiguió éxito alguno) que repara en ello. Somos Nada. Vivimos en un pozo en que la Nada se debate entre ritos y leyendas. Vivimos en una oscuridad innegable que nos impide vernos en nuestra ausencia.

“El cansancio me trae pensamientos sin esperanza. Hubo un mensaje que lanzara mi juventud a la vida; estaba hecho con palabras de desafío y confianza. Se lo debe haber tragado el agua como a las botellas que tiran los náufragos.”

El paso del tiempo, lineal según nuestra tradición asfixiante, se limita a instantes… El pasado está atrás, el futurno no ha llegado… lo que queda es la sucesión de instantes que nos recuerdan la fugacidad y lo escurridizo del tic tac invisible. El instante… ¿existe? Mientras escribo esta idea, el instante ya pasó… Esto hace que nos concentremos, a mi parecer, en el actuar… en la idea de productividad (Marx diría que estaba cansado de pensar al mundo. La modernidad era TIEMPO de ACTUAR –de cambiarlo). Es decir, CREER (no pensar) que soy lo que hago. “Ser productivo” es el lema de nuestro tiempo; es la imagen del éxito.

Mientras tanto, Eliseo deja pasar el tiempo. El antihéroe se debate entre el tiempo lineal y el proyectivo… De alguna manera, le doy más crédito a Linacero. Su angustia espejea la mía (¿qué no es esa la función de la literatura?) y entiendo lo valioso de encontrarte contigo misma cara a cara… en tus imperfecciones, en tus debilidades, en la vulnerabilidad de saberme efímera. Pero miro alrededor y veo los esfuerzos de la sociedad y de los subjectums anónimos que evaden estas sensaciones: Prozac… entretenimiento… sobreproducción (adictos al trabajo… adictos a actividades eviten confrontarlos con ellos mismos).

“Siento que mi vida no es más que el paso de fracciones de tiempo, una y otra, una y otra, como el ruido de un reloj, el agua corre, moneada que se cuenta. Estoy tirado y el tiempo pasa… Yo estoy tirado y el tiempo se arrastra, indiferente, a mi derecha y a mi izquierda.”

Dice Onetti, “Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender.” Así como en un pozo…

“Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos. Me hubiera gustado clavar la noche en el papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo…”

Genial. El pozo, es sin duda una visión desesperanzada de la vida… Pero ¿acaso es malo dejarte invadir por esas sensaciones incontrolables que dejan ver… y verte?

17 de febrero de 2008

"El libro de las horas", de Rainer Maria Rilke

¿Qué será de ti, Dios, cuando yo muera?
Yo soy tu jarra: ¿cuando me haga añicos?
Soy tu bebida: ¿cuando me corrompa?
Yo soy tu atuendo, yo soy tu oficio,
sin mí careces de sentido.

Después de mí no tendrás casa donde
te saluden palabras tibias y cercanas.
La sandalia de terciopelo que soy yo
se soltará de tus pies cansados.

Perderás tu gran manto.
Tu mirada, que mi mejilla acoge
tibiamente, como con almohadones,
vendrá y me buscará largo tiempo...
y al ponerse el sol se tenderá
en el regazo de piedras extrañas.

¿Qué harás, Dios? Temo por ti



(Fotografía de Patricia Nieto.)

16 de febrero de 2008

Museo doméstico

Se trata de artículos que pueden encontrarse en una casa. De ahí el nombre, museo doméstico. Algunos evidentemente lúdicos, otros más estéticos (dentro de la estética de la decadencia de una época enfocada en el consumismo).


"Biografía imaginaria", de Rainer Maria Rilke




Primero una infancia sin lindes y sin
renuncia ni meta. Oh delicia inconsciente.
De pronto miedo, barreras, escuela, vasallaje
y caída en la tentación y la pérdida.

Terquedad. El doblegado se torna doblegador
y venga en otros su propia derrota.
Amado, temido, salvador, batallador, vencedor
y dominador, sin pausa ni descanso.

Y luego a solas en lo lejano, liviano, frío.
Pero en el fondo de la figura erguida
tomar aliento en busca del Primero, Antiguo...

Y en eso saltó Dios de su escondite.
– Rilke


[Fotografía Patricia Nieto]

No Country for Old Men, de los hermanos Coen


La profundidad de los personajes, los diálogos irónicos que juegan con la trama, dirigiéndola; los paisajes desérticos y de ciudades envueltas en una confianza inocente, la crueldad humana que se filtra y se deja ver en la frontera México-EUA, lo absurdo de la acción irreflexiva y el reino obsesivo de un nuevo dios: el Dinero.

Todo esto se une a extraordinarias actuaciones, a la genial dirección de los Hermanos Coen, a un gran guión y a una fotografía inmejorable; dando como resultado “No Contry for Old Men”; el retrato de un momento en que las costumbres se fracturan y ceden su lugar a una época confusa cuyos valores se transforman y desaparecen.



En ese contexto, el viejo sheriff (Tommy Lee Jones), se encuentra ante circunstancias que no puede entender ni cambiar. No tiene injerencia en el advenir. Lo que haga será en vano, las tradiciones sucumben y se alzan individuos atados a su propia indeterminación y a su libertad; al punto de no poder con ella. “Cara o cruz” dice Antón Chigurh; para justificar con el azar el matar por matar. Antes ya se ha dicho que Dios juega a los dados con el mundo.

Así, en la película se retrata esa dialéctica lúdica del actuar: la persecución, el cazador que se convierte en presa, la nula injerencia del individuo en el acontecer humano, la pulsión compulsiva de destrucción… Esto en la complejidad del juego, del juego de la determinación social disfrazada de libertad, con valores construidos a conveniencia y establecidos para conservar un status quo.

La frontera deja de ser una presencia física para tornarse en una analogía de la confrontación entre las diferencias, entre el cambio radical; y sin embargo debajo de todo yace la inconfundible incertidumbre humana, su indeterminación que lo condena a inventarse a sí mismo y a ser capaz de matar y de amar. La fractura es aparente, pero el hombre es lo que no es, desde siempre.

Los anteriores elementos se entremezclan con los diálogos límpidos del Sheriff Bell, una especie de filósofo de la vida, que se topa con el destino fatal de un futuro que ha llegado para quedarse, y que no puede entender.

Al final, todo puede acabar en el mismo juego ( entre vida y muerte, entre lo viejo y lo nuevo, etc.) del azar, en una calle tranquila con la confianza infinita de sentirse a salvo y las botas salpicadas de sangre.
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La película está basada en el aclamado libro de Cormac McCarthy, del mismo nombre.
Estas son las primeras líneas del capítulo I:

I
Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces. Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de catorce años y os puedo asegurar que yo no sentía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios labios lo oí. No sé qué pensar de eso. La verdad es que no. Creía que nunca conocería a una persona así y eso me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano. Vi cómo lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba "sheriff". Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. No sé qué podían reflejar sus ojos y creo que prefiero no saberlo. Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo, y a eso es a lo que voy. Esto me ha puesto en una situación a la que nunca pensé que llegaría. En alguna parte hay un verdadero profeta viviente de la destrucción y no quiero enfrentarme a él. Sé que es real. He visto su obra. Una vez tuve esos ojos delante de mí. No pienso arriesgarme a plantarle cara. No es solo que me haya hecho viejo. Ojalá fuera eso. Tampoco puedo decir que se trate de lo que uno está dispuesto a hacer. Porque yo siempre supe que para hacer este trabajo tenías que estar dispuesto a morir. Así ha sido siempre. Tienes que estarlo aunque no sea motivo de ostentación. Si no, ellos lo saben. Lo notan enseguida. Creo que se trata más bien de lo que uno está dispuesto a ser. Y pienso que un hombre pondría en peligro su alma. Y eso no lo voy a hacer. Ahora creo que quizá no lo habría hecho nunca.


El ayudante dejó a Chigurh de pie en un rincón de la oficina con las manos esposadas a la espalda mientras él se sentaba en la butaca giratoria y se quitaba el sombrero y ponía los pies en alto y llamaba a Lamar por el móvil. Acabo de entrar, sheriff. Llevaba encima una especie de cosa como las bombonas esas de oxígeno para el enfisema o como se llame. Llevaba también una manguera por dentro de la manga conectada a una de esas pistolas de aire comprimido que usan en los mataderos. Sí, señor. Eso es lo que parece. Podrá usted verlo cuando venga. Sí, señor. Lo tengo vigilado. Sí, señor.

Cuando se levantó de la butaca se sacó las llaves del cinturón y abrió el cajón del escritorio para coger las llaves de la celda. Estaba ligeramente encorvado cuando Chigurh se puso en cuclillas y pasó las manos esposadas por detrás hasta la parte posterior de sus rodillas. En el mismo movimiento se sentó y se meció hacia atrás y pasó la cadena bajo sus pies y luego se incorporó rápidamente y sin el menor esfuerzo. Si parecía algo que hubiera practicado muchas veces, lo era. Pasó las manos esposadas por encima de la cabeza del ayudante y dio un salto y descargó ambas rodillas sobre la nuca del ayudante y tiró de la cadena.

Cayeron al suelo. El ayudante trataba de meter las manos por dentro de la cadena pero no podía. Chigurh se quedó tumbado tirando de las esposas con las rodillas entre los brazos y la cara apartada. El ayudante se debatía como un loco y había empezado a desplazarse en círculo por el suelo, volcando la papelera, mandando la silla de una patada al otro lado de la habitación. Cerró la puerta de un puntapié y se enredó con la pequeña alfombra al girar. Sangraba por la boca y borboteaba. Se estaba ahogando con su propia sangre. Chigurh solo tiró con más fuerza. Las esposas niqueladas se le hincaban en la piel. La arteria carótida del ayudante reventó y un chorro de sangre salió disparado chocando contra la pared y resbalando por ella. Las piernas del ayudante se aflojaron hasta quedar quietas. Se convulsionó en el suelo. Luego dejó de moverse por completo. Chigurh siguió sujetándolo, su respiración acompasada. Cuando se levantó cogió las llaves que el ayudante llevaba en el cinto y se liberó y se metió el revólver del ayudante por la cintura del pantalón y entró en el cuarto de baño.

Se pasó agua fría por las muñecas hasta que dejaron de sangrar y arrancó con los dientes varias tiras de una toalla de manos y se vendó las muñecas y volvió al despacho. Se sentó encima de la mesa y se apretó los vendajes con cinta adhesiva, mirando detenidamente al hombre que yacía muerto en el suelo con los ojos abiertos. Cuando hubo terminado sacó la cartera que el ayudante llevaba en el bolsillo y cogió el dinero y se lo guardó en el bolsillo de la camisa y tiró la cartera al suelo. Luego agarró el depósito de aire y la pistola de aire comprimido y salió por la puerta y montó en el coche del ayudante y reculó para dar la vuelta y salió disparado.

El ayudante dejó a Chigurh de pie en un rincón de la oficina con las manos esposadas a la espalda mientras él se sentaba en la butaca giratoria y se quitaba el sombrero y ponía los pies en alto y llamaba a Lamar por el móvil. Acabo de entrar, sheriff. Llevaba encima una especie de cosa como las bombonas esas de oxígeno para el enfisema o como se llame. Llevaba también una manguera por dentro de la manga conectada a una de esas pistolas de aire comprimido que usan en los mataderos. Sí, señor. Eso es lo que parece. Podrá usted verlo cuando venga. Sí, señor. Lo tengo vigilado. Sí, señor.

Cuando se levantó de la butaca se sacó las llaves del cinturón y abrió el cajón del escritorio para coger las llaves de la celda. Estaba ligeramente encorvado cuando Chigurh se puso en cuclillas y pasó las manos esposadas por detrás hasta la parte posterior de sus rodillas. En el mismo movimiento se sentó y se meció hacia atrás y pasó la cadena bajo sus pies y luego se incorporó rápidamente y sin el menor esfuerzo. Si parecía algo que hubiera practicado muchas veces, lo era. Pasó las manos esposadas por encima de la cabeza del ayudante y dio un salto y descargó ambas rodillas sobre la nuca del ayudante y tiró de la cadena.

9 de febrero de 2008

Arte urbano, la estética de la nueva ciudad

Las calles son lienzos, la ciudad como tabula rasa, los espacios públicos como galerías de arte en que todos pueden expresarse. El arte sale de los museos, se desborda de él, y se exhibe al mundo de las masas (este arte ya no es elitista).

Por su parte, el museo es la evidencia de que el arte ha perdido su lugar en la cotidianidad. Se ha encerrado entre paredes y ha sido sometido por definiciones y conceptos que lo limitan y lo estrangulan.

¿Qué es el arte? Es la pregunta (ahora un lugar común) que, desde su formulación, el propio arte comenzó a naufragar en lo perdido. Más allá de esta pregunta, podemos ver que diversas expresiones comienza a invadir las calles y a problematizar sus límites.
Artistas clandestinos modifican la estética urbana y la conviertan en un espacio lúdico fuera de lo instituido.

“Que el arte intervenga en la ciudad transformando su estética, conformando un nuevo paisaje urbano, implica que el tráfico, la calle o un paseo ofrezcan a sus habitantes y visitantes, la posibilidad de combinar el deambular con lo artístico”. Damián Cáneva



Sobre el tema, no se puede dejar de mencionar a Banksy, artista londinense que camina anónimamente entere las calles y expone a ojos de peatones mensajes de protesta que dejan ver los tiempos de censura velada e intereses capitalistas que nos acechan. Utiliza las paredes de las calles (y hasta de museos) para, irónicamente, testificar nuestra época.

5 de febrero de 2008

La strada, de Federico Fellini

En un intento por reencontrarme y encontrarme con los clásicos del cine, llegó a mis manos La Strada. Simplemente genial; un film de Fellini que retrata la condición humana desde lo incierto.
Los griegos decían que venimos al mundo para saber quiénes somos… como un camino que se va haciendo y nunca llega a transitarse por completo… así como una calle, como la calle La Strada.
“Todo, hasta esta piedra, tiene un propósito.”

4 de febrero de 2008

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami

¿Sabes qué significa sputnik en ruso? En inglés sería travelling companion. Compañero de viaje. (…) Bien pensado es una extraña coincidencia. ¿Por qué pondrían los rusos un nombre tan raro a un satélite artificial? No era más que un infeliz trozo de metal que daba vuelta tras otra, completamente solo, alrededor de la tierra.

El mejor libro de Murakami que he leído. El Sputnik ruso (el primer satélite artificial) sirve de metáfora para explicar la soledad y el sin sentido del hombre urbano, que se desliza por las calles de la ciudad sin rumbo fijo…
flotando a través del tiempo, en la indiferencia y en la calina.

Somos como la perrita Laika que viaja en las profundidades inciertas del universo, con los ojos bien abiertos… pero sin entender lo que vemos.

“¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. (…) Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.

12 de enero de 2008

Tokio blues, de Haruki Murakami

La literatura se dedica a resguardar pasajes intensos de la vida, me dijeron alguna vez. Tokio Blues es entonces una antología que entremezcla pausadamente la intensidad con el lento acontecer de la cotidianidad en un mundo de apariencias y carente de lógica.

El sufrimiento, la expiación sentimientos que la piel pretende exorcizar para siempre, la mediocridad entre mediocres, el sin razón de la vida y las fronteras irremediables (a veces casi transparentes) entre la vida y la muerte. Todo esto se filtra en este libro, en donde su autor (Haruki Murakami) encuentra en las circunstancias producidas en el confuso escenario de la posmodernidad, inspiración para describirnos a todos nosotros y a nadie al mismo tiempo.

Watanabe se torna en un héroe que se plantea sincero ante la vida y encuentra la iluminación en lo pragmático; y así concluye que el todo y la nada son lo mismo, que el azar y el designio, que eros y tanatos conviven de la mano de forma indisoluble. Son dicotomías en la semántica pero inseparables en la vida práctica.

“No lograba orientarme. Sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies”.

La música de los sesentas y especialmente la canción de The Beatles que da nombre al libro, fungen (de alguna forma) como hilo conductor o como referentes populares de un pasado que todos compartimos en el imaginario colectivo.

LETRA DE NORWEGIAN WOOD (The Beatles)
I once had a girl
Or should I say, she once had me
She showed me her room
Isn't it good Norwegian wood?

She asked my to stay and told me sit anywhere
So I looked around and I noticed there wasn't a chair

I sat on a rug, biding my time
Drinking her wine
We talked until two, and then she said:
"It's time for bed,"

She told me she worked in the morning and started to laugh
I told her I didn't, and crawled off to sleep in the bath

And when I awoke, I was alone
This bird has flown
So I lit a fire
Isn't it good Norwegian wood?


HARUKI MURAKAMI nació en Kioto en 1949. Estudió literatura en la universidad de Waseda y regentó durante varios años un club de jazz, una afición –la música- que recorre toda su obra. En la actualidad es el escritor japonés de mayor prestigio, tanto en su país como en el exterior, y ha recibió numerosos galardones literarios, entre ellos el Noma, el Tanizaki y el Yomiuri. Ha sido profesor en las universidades de Princeton y Taft, y ha traducido al japonés a autores norteamericanos contemporáneos, como F. Scott Fitzgerald, John Irving o Raymond Carver. Poseedor de un estilo y un mundo propios, su obra, subyugante, imaginativa y lírica, es ya una de las referencias ineludibles de la literatura del siglo XXI.

12 de diciembre de 2007

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerarld

Ya mucho se ha dicho y se ha interpretado sobre El gran Gatsby, para muchos una de las grandes obras literarias que ha producido Norteamérica. Sin duda es un buen libro pero siento que he leído esta historia (ubicada en diferentes épocas, y lugares, que proporcionan –a su vez- diferentes situaciones) en numerosas ocasiones; especialmente en Jane Austen que un siglo antes que Fitzgerald escribió novelas sobre el amor y la separación. No pretendo comparar a estos dos autores (sería imposible), pero al leer “El gran Gatsby” no pude evitar recordar “Orgullo y Prejuicio” o “Lady Susan”.

Cómo dice Vargas Llosa en inmejorables palabras: "(El gran Gatsby) aunque no sea lo bastante compacto y misterioso para ser genial, es un bello libro, que ha conservado intacta su frescura, y al que el tiempo corrido desde su aparición, en 1925, ha conferido el valor de símbolo de lo que fue la irregularidad e impremeditacion de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto. "

Más allá de lo que se pueda interpretar de este libro (la acusada diferencia de clases sociales y económicas, la banalidad y el sentido efímero de la aristocracia adinerada, el fracaso del sueño americano y la decadencia de una cultura artificial y pasajera) lo que ahora me interesa es la forma, que pienso (en este libro) es muy poderosa y concreta. Como dice Susan Sontang: “La efusión de interpretaciones del arte envenena hoy nuestras sensibilidades, tanto como los gases de los automóviles y de la industria pesada enrarecen la atmósfera urbana. En una cultura cuyo ya clásico dilema es la hipertrofia del intelecto a expensas de la energía y la capacidad sensorial, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte.
Y aún más. Es la venganza que se toma el intelecto sobre el mundo. Interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados. Es convertir el mundo en este mundo (¡"este mundo"! ¡Como si hubiera otro!).”

Así, como Sontang apuntó, creo que esa suma tan extensa de interpretaciones ha empobrecido paulatinamente la obra que hoy me ocupa. Probablemente a las numerosas interpretaciones se unan las grandes expectativas sobre uno de los clásicos universales de los que siempre esperas algo más...

No pudeo dejar de reconocer que después de leer a escritores americanos como William Carlos Williams o Raymond Carver (de pluma sencilla, poética y más que nada sensible) no pude evitar sentirme un poco defraudada de la escritura de Fitzgerald, sin tanta prosa poética y sin tanta profundidad en frases cortas.

Es un buen libro (probablemente no un gran libro como el personaje del que habla), pero a mi juicio, decir que es la gran obra norteamericana es restarle importancia a las hermosísimas narraciones de Carver o a las palabras, a primera vista intrascendentes, de Williams.

Quizás la mejor frase del libro sea la última: "Y así seguimos remando, barcas contra la corriente, empujados sin cesar en el pasado."

9 de diciembre de 2007

Sueño profundo, de Banana Yoshimoto

Prosa poética que universaliza la irracionalidad de las experiencias sensibles humanas. La soledad y la complejidad de las relaciones humanas se deslizan natural y deliciosamente en este pequeño libro. En ocasiones un espejo y en otras una ventana amplia y casi hiperrealista de fragmentos intensos, de la vida de tres mujeres jóvenes que se debaten en la tensión humana invisible del sin sentido y de lo profundo. Sensaciones, más que descripciones, parecen emerger de las letras negras impresas en este libro, pero que en realidad fueron construidas y pensadas pacientemente por la sensible Yoshimoto; que siento que me conoce y que me lee como yo la leí a ella.

“Sin embargo… ¿no estaré erosionando mi vida? Últimamente, esto es lo que me viene a la cabeza en el momento de despertar. Me da un poco de miedo. No se trata sólo de que, al final, he acabado por dormir sin oír sus llamadas, sino que mi sueño es tan profundo que, en el instante de abrir los ojos, me parece haber vuelto de la muerte a la vida, tan profundo que a veces pienso que, si me contemplara desde fuera de mí misma durmiendo, quizá no vería más que un blanquísimo esqueleto. También me fascina a veces la idea de no despertar jamás, de ir pudriéndome y desaparecer en la eternidad”. Banana Yoshimoto

8 de diciembre de 2007

Autobiografía, de Robert Creeley

“Un énfasis magro al final, pero el mundo difícilmente ha sido un lugar bonito en donde vivir.”

Un fluir caótico pero coherente de recuerdos y viejas huellas en su memoria despilfarradora de anécdotas de una infancia vulnerable y una juventud asfixiante e intoxicante. Creeley, a través de pasajes ilustres en su propia colmena de recuerdos, encierra una lección fundamental y que hace que el haber leído este libro cobre sentido: “O creemos en un mundo o no tenemos ninguno”. Maravilloso.

“Me encantaría pensar que vivir llegó a ser un progreso, el hecho de haberse ganado algo.”

4 de noviembre de 2007

Edward Hopper

HOPPER: LA TRANSFORMACIÓN DEL ESPECTADOR A VOYEUR
por Patricia Nieto

La soledad y la melancolía son temas implícitos en la obra de Edward Hopper, pintor norteamericano nacido en Nyack (NY) el 22 de julio de 1882. Con una nueva sensibilidad, propia del naciente siglo XX, Hopper representa situaciones que han de provocar al espectador la emanación de ciertas sensaciónes desbordantes de nostalgia. Quizás, al igual que los poemas de William Carlos Williams o los relatos de Raymond Carver, Hopper se limita a describir una escena (casi cinematográfica) sin exponer explícita o directamente un sentimiento o circunstancia introspectiva; la soledad se lee entre líneas, entre las expresiones y la vaguedad de sus temas.

El ambiente retratado y los trazos despreocupados reflejan la trivialidad y la dramatización de la vida cotidiana en un mundo de luz neon, calles desiertas enmarcadas por negocios burgueses, de cafeterías abiertas las 24 horas, de cines, suburbios, jornadas laborales (y su escenario: la oficina), automóviles y el paisaje natural evidentemente modificado por la mano humana.

En ese vertiginoso ritmo industrial de los países desarrollados, de las masas y la sobrepoblación urbana; el ser humano se aísla en sí mismo, en sus pensamientos. Pareciera que en la ciudad, tan poblada en que los edificios de apartamentos chocan unos con otros aparejando ventanas con ventanas y mostrando pedazos de las vidas planas de los otros, que el ambiente se va despersonalizando de forma creciente.

Pero la soledad intermitente de sus temas no sólo es inferida en el propio cuadro, sino también en el espectador; al que Hopper transforma en un voyeur, que espía fragmentos de la vida privada de la otredad abstracta y anónima.

De ahí, la importancia del norteamericano de representar en sus cuadros tanto el interior como el exterior. Si observamos con atención, la obra de Hopper está saturada de la dicotomía interior-exterior; que plantean una relación espacial muy peculiar. Las figuras aparentemente principales, ceden su lugar a aquello que no podemos ver; seguimos su mirada pero no conocemos el objeto de su interés; apenas vemos una pequeña parte del exterior (o en el caso de “Habitación de Hotel”, en la pequeña hoja de papel cuyo contenido no nos es accesible; que bien pude ser un mapa, un folleto o una carta), apenas.

Pero ese mundo exterior del que Hopper nos hace parcialmente partícipes, parece congelarse ante la introspección de las figuras presentes en el cuadro, y ante la rápida mirada del espectador/voyeur que retiene en su memoria la situación/imagen/sensación.

El sociólogo norteamericano Richard Sennett, publicó “Decadencia y fin de la vida pública”, en donde dijo: “Fue la generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial la que, en la medida que se liberó de las represiones sexuales, se encerró en sí misma; en la época de esta generación, se ha llegado a la destrucción de la vida pública. La tesis de este libro propugna que esta señal evidente de un desequilibrio en la vida privada y un vació total en la vida pública marcan el final de un largo proceso. Son el resultado de una transformación que comenzó con la caída del antiguo régimen, con el surgimiento de una nueva cultura urbana capitalista y secular”.

Hopper, parece intuir la tesis de Sennett (posterior a Hopper) y retratarla de forma que sólo un artista con su sensibilidad podría lograrlo; desafiando con sus trazos la idea de la sociedad uniforme y abstracta que no se materializa en el individuo; la idea de la sociedad de la comunicación y del entramado que producen las relaciones humanas.

Dice Sennett, “Hoy día domina el parecer de que la cercanía es un valor moral en sí mismo. Domina la tendencia a desplegar la individualidad en la vivencia del calor humano y en la proximidad del prójimo. Domina el mito de que todas las calamidades de la sociedad se deben al anonimato, a la lejanía, a la frialdad en el trato. De estos tres aspectos emana una ideología de la intimidad: las relaciones sociales de cualquier tipo son tanto más reales, convincentes y auténticas cuanto más cerca se encuentren de las necesidades psíquicas más íntimas del individuo. Esta ideología de la intimidad convierte todas las categorías políticas en categorías Psicológicas, y define lo que es humano en una sociedad sin dioses: el calore es nuestro dios. Pero la historia de la grandeza y miseria de la cultura pública pone en entredicho esa humanidad”.

Así, Hopper expresa ese “fin de la vida pública” y manifiesta, lo que Ivo Kranzfelder afirma muy acertadamente, “la tiranía de la intimidad”.