Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

3 de junio de 2009

Felicidad suprema... La dolce vita

Felicidad suprema con aliento etílico. Noches etéreas, heroínas del celuloide con rubias cabelleras y curvas peligrosas, ausencia de límites de una generación que creció en la guerra.
Nino Rota captó esa extraña sensación festiva que marcó la frontera entre los cinecuenta y los sesenta que Fellini retrató en La Dolce Vita.


16 de febrero de 2008

No Country for Old Men, de los hermanos Coen


La profundidad de los personajes, los diálogos irónicos que juegan con la trama, dirigiéndola; los paisajes desérticos y de ciudades envueltas en una confianza inocente, la crueldad humana que se filtra y se deja ver en la frontera México-EUA, lo absurdo de la acción irreflexiva y el reino obsesivo de un nuevo dios: el Dinero.

Todo esto se une a extraordinarias actuaciones, a la genial dirección de los Hermanos Coen, a un gran guión y a una fotografía inmejorable; dando como resultado “No Contry for Old Men”; el retrato de un momento en que las costumbres se fracturan y ceden su lugar a una época confusa cuyos valores se transforman y desaparecen.



En ese contexto, el viejo sheriff (Tommy Lee Jones), se encuentra ante circunstancias que no puede entender ni cambiar. No tiene injerencia en el advenir. Lo que haga será en vano, las tradiciones sucumben y se alzan individuos atados a su propia indeterminación y a su libertad; al punto de no poder con ella. “Cara o cruz” dice Antón Chigurh; para justificar con el azar el matar por matar. Antes ya se ha dicho que Dios juega a los dados con el mundo.

Así, en la película se retrata esa dialéctica lúdica del actuar: la persecución, el cazador que se convierte en presa, la nula injerencia del individuo en el acontecer humano, la pulsión compulsiva de destrucción… Esto en la complejidad del juego, del juego de la determinación social disfrazada de libertad, con valores construidos a conveniencia y establecidos para conservar un status quo.

La frontera deja de ser una presencia física para tornarse en una analogía de la confrontación entre las diferencias, entre el cambio radical; y sin embargo debajo de todo yace la inconfundible incertidumbre humana, su indeterminación que lo condena a inventarse a sí mismo y a ser capaz de matar y de amar. La fractura es aparente, pero el hombre es lo que no es, desde siempre.

Los anteriores elementos se entremezclan con los diálogos límpidos del Sheriff Bell, una especie de filósofo de la vida, que se topa con el destino fatal de un futuro que ha llegado para quedarse, y que no puede entender.

Al final, todo puede acabar en el mismo juego ( entre vida y muerte, entre lo viejo y lo nuevo, etc.) del azar, en una calle tranquila con la confianza infinita de sentirse a salvo y las botas salpicadas de sangre.
...........................................................................................................................................................
La película está basada en el aclamado libro de Cormac McCarthy, del mismo nombre.
Estas son las primeras líneas del capítulo I:

I
Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces. Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de catorce años y os puedo asegurar que yo no sentía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios labios lo oí. No sé qué pensar de eso. La verdad es que no. Creía que nunca conocería a una persona así y eso me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano. Vi cómo lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba "sheriff". Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. No sé qué podían reflejar sus ojos y creo que prefiero no saberlo. Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo, y a eso es a lo que voy. Esto me ha puesto en una situación a la que nunca pensé que llegaría. En alguna parte hay un verdadero profeta viviente de la destrucción y no quiero enfrentarme a él. Sé que es real. He visto su obra. Una vez tuve esos ojos delante de mí. No pienso arriesgarme a plantarle cara. No es solo que me haya hecho viejo. Ojalá fuera eso. Tampoco puedo decir que se trate de lo que uno está dispuesto a hacer. Porque yo siempre supe que para hacer este trabajo tenías que estar dispuesto a morir. Así ha sido siempre. Tienes que estarlo aunque no sea motivo de ostentación. Si no, ellos lo saben. Lo notan enseguida. Creo que se trata más bien de lo que uno está dispuesto a ser. Y pienso que un hombre pondría en peligro su alma. Y eso no lo voy a hacer. Ahora creo que quizá no lo habría hecho nunca.


El ayudante dejó a Chigurh de pie en un rincón de la oficina con las manos esposadas a la espalda mientras él se sentaba en la butaca giratoria y se quitaba el sombrero y ponía los pies en alto y llamaba a Lamar por el móvil. Acabo de entrar, sheriff. Llevaba encima una especie de cosa como las bombonas esas de oxígeno para el enfisema o como se llame. Llevaba también una manguera por dentro de la manga conectada a una de esas pistolas de aire comprimido que usan en los mataderos. Sí, señor. Eso es lo que parece. Podrá usted verlo cuando venga. Sí, señor. Lo tengo vigilado. Sí, señor.

Cuando se levantó de la butaca se sacó las llaves del cinturón y abrió el cajón del escritorio para coger las llaves de la celda. Estaba ligeramente encorvado cuando Chigurh se puso en cuclillas y pasó las manos esposadas por detrás hasta la parte posterior de sus rodillas. En el mismo movimiento se sentó y se meció hacia atrás y pasó la cadena bajo sus pies y luego se incorporó rápidamente y sin el menor esfuerzo. Si parecía algo que hubiera practicado muchas veces, lo era. Pasó las manos esposadas por encima de la cabeza del ayudante y dio un salto y descargó ambas rodillas sobre la nuca del ayudante y tiró de la cadena.

Cayeron al suelo. El ayudante trataba de meter las manos por dentro de la cadena pero no podía. Chigurh se quedó tumbado tirando de las esposas con las rodillas entre los brazos y la cara apartada. El ayudante se debatía como un loco y había empezado a desplazarse en círculo por el suelo, volcando la papelera, mandando la silla de una patada al otro lado de la habitación. Cerró la puerta de un puntapié y se enredó con la pequeña alfombra al girar. Sangraba por la boca y borboteaba. Se estaba ahogando con su propia sangre. Chigurh solo tiró con más fuerza. Las esposas niqueladas se le hincaban en la piel. La arteria carótida del ayudante reventó y un chorro de sangre salió disparado chocando contra la pared y resbalando por ella. Las piernas del ayudante se aflojaron hasta quedar quietas. Se convulsionó en el suelo. Luego dejó de moverse por completo. Chigurh siguió sujetándolo, su respiración acompasada. Cuando se levantó cogió las llaves que el ayudante llevaba en el cinto y se liberó y se metió el revólver del ayudante por la cintura del pantalón y entró en el cuarto de baño.

Se pasó agua fría por las muñecas hasta que dejaron de sangrar y arrancó con los dientes varias tiras de una toalla de manos y se vendó las muñecas y volvió al despacho. Se sentó encima de la mesa y se apretó los vendajes con cinta adhesiva, mirando detenidamente al hombre que yacía muerto en el suelo con los ojos abiertos. Cuando hubo terminado sacó la cartera que el ayudante llevaba en el bolsillo y cogió el dinero y se lo guardó en el bolsillo de la camisa y tiró la cartera al suelo. Luego agarró el depósito de aire y la pistola de aire comprimido y salió por la puerta y montó en el coche del ayudante y reculó para dar la vuelta y salió disparado.

El ayudante dejó a Chigurh de pie en un rincón de la oficina con las manos esposadas a la espalda mientras él se sentaba en la butaca giratoria y se quitaba el sombrero y ponía los pies en alto y llamaba a Lamar por el móvil. Acabo de entrar, sheriff. Llevaba encima una especie de cosa como las bombonas esas de oxígeno para el enfisema o como se llame. Llevaba también una manguera por dentro de la manga conectada a una de esas pistolas de aire comprimido que usan en los mataderos. Sí, señor. Eso es lo que parece. Podrá usted verlo cuando venga. Sí, señor. Lo tengo vigilado. Sí, señor.

Cuando se levantó de la butaca se sacó las llaves del cinturón y abrió el cajón del escritorio para coger las llaves de la celda. Estaba ligeramente encorvado cuando Chigurh se puso en cuclillas y pasó las manos esposadas por detrás hasta la parte posterior de sus rodillas. En el mismo movimiento se sentó y se meció hacia atrás y pasó la cadena bajo sus pies y luego se incorporó rápidamente y sin el menor esfuerzo. Si parecía algo que hubiera practicado muchas veces, lo era. Pasó las manos esposadas por encima de la cabeza del ayudante y dio un salto y descargó ambas rodillas sobre la nuca del ayudante y tiró de la cadena.

5 de febrero de 2008

La strada, de Federico Fellini

En un intento por reencontrarme y encontrarme con los clásicos del cine, llegó a mis manos La Strada. Simplemente genial; un film de Fellini que retrata la condición humana desde lo incierto.
Los griegos decían que venimos al mundo para saber quiénes somos… como un camino que se va haciendo y nunca llega a transitarse por completo… así como una calle, como la calle La Strada.
“Todo, hasta esta piedra, tiene un propósito.”

3 de noviembre de 2007

Woody Allen: Manhattan, Hannah y el juego del Matrimonio

"Creo que no soy puramente cómico ni enteramente trágico, sino simplemente realista" dice Woody Allen.

Después de ver Manhattan, Hannah and her Sisters y Husband and Wives tengo la impresión de haber visto una secuencia de historias paralelas que cuentan la misma Ópera (netamente trágica), representada por muchos pero ejecutada con maestría por pocos: la infidelidad, el matrimonio, el fantasma occidental de la monogamia a largo plazo y la doble moral que arroja a la sociedad a esconderse y a esconder sus deseos.

El brillante humor ácido y perspicaz de Woody Allen se revela en estas tres "comedias" que hacen visibles las contradicciones de patrones de costumbres que dirigen la cotidianidad de la cultura occidental.

Mordaz y astuto Allen filosofa a través de frases cortas aparentemente triviales, que pueden confundir a un espectador distraído; para quien los films del neoyorquino sólo representen un sin fin de diálogos entrecruzados y nerviosos.

Ni enteramente cómico ni enteramente trágico, Allen retrata la peor de las tragedias: la imposibilidad del amor (después de ciertos años de convivencia mutua) y la evidente fragilidad de la vida.

Y así, como una tragedia griega, estamos determinados a seguir este camino y recorrerlo una y otra vez, cual eterno retorno urbano: el fracaso de las relaciones, el triunfo de las condiciones externas al deseo individual, la inexistencia de Dios (sin el cual el hombre está condenado a inventarse) y la muerte inexplicable e irracional.
Reír y reflexionar simultáneamente con sus historias, un poco caóticas y un poco encantadoras. ¿Qué otro realizador puede lograrlo?

"En realidad, prefiero la ciencia a la religión. Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire". – Woody Allen

8 de octubre de 2007

La balada de Narayama, de Imamura Shohei

Es un cliché de miedo, pero esta película retrata la condición del hombre, en su no lugar (su falta de naturaleza determinada, su falta de definición factual y contundente); en su devenir entre eternidad y mortalidad (entre vida y muerte), entre animalidad y racionalidad, entre pragmatismo y espiritualidad.

Sin duda, esta película es una representación cruda del ser humano, que se aferra a sus mitos y rituales para concebir a la muerte como un proceso natural que los desprende de la animalidad con la que viven en la vida cotidiana.

Alejándose de visiones que pintaban a un Japón colorido y tradicionalista con samuráis y geishas, La balada de Narayama apela a un exceso de realismo en donde se muestran a personajes viviendo en los límites del “barbarismo” pero sin perder la espiritualidad ligada a la muerte.

Pero más allá de ser un tratado antropológico de la cosmovisión escatológica de una cultura en particular, es un recordatorio de la tensión constante que desgarra al hombre en su interior (como dice Descartes, el hombre es un ser “entre Dios y la nada”) y que constituye el complejo entramado de ser humano; en donde los instintos de supervivencia conforman el motor intrínseco de la especie humana; sin olvidar su parte mitológica (que, en la película plantean, está altamente alimentada de los elementos pragmáticos de la realidad).

La temática de la película plantea un aspecto interesante, que implica el desarrollo de culturas que dependen enteramente de las condiciónes externas para la superviviencia. El problema de reducir al hombre en términos pragmáticos y de supervivencia, es que el ser humano improductivo o “inútil” se torna en elemento desechable, que como proceso natural ceden su lugar a nuevas generaciones.

La consideración del homo faber, plantea que el hombre es su trabajo; simplificando ese lugar del humano. Este concepto que pretende mostrar la naturaleza del hombre, puede derivar en la marginación del anciano, que ya no puede producir; y por lo tanto, pierde su razón de ser, pierde SU ser.

El hombre, no como homo sapiens, no como homo faber, homo economicus u homo demens; sino como un peregrino entre su pueblo y la montaña, que ha perdido su lugar.

Dirigida por Imamura Shohei en 1983; se deslinda de la imagen mediática tradicional del venerado Japón, optando por un construir (nunca retratar) una cultura primigenia que “ignora” los designios de la “civilización”.