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20 de julio de 2010
Ladrillos rojos
Mi casa es de ladrillos. Toda de ladrillos. Son cafés y rojos y siempre que pasamos por mi calle mi casa salta a la vista. Una vez traté de contar todos los ladrillos y me di cuenta que tenía mejores cosas que hacer. Sé que tengo 14 escalones de madera, 22 escalones de cemento y cerámica, 219 azulejos en la cocina y 35 cuadros colgados.
Las sillas de la abuela
El aire caliente y las marcas en las piernas de las mecedoras de aluminio de la abuela que se oxidan pero siguen siendo blancas. Huele a jacarandas. El perro ladra y la gente pasa junto a la reja y nos mira y sigue su paso.
5 de julio de 2010
Llovió todo el día
Granizó
El otro día granizó. El pequeño espacio cuadrado que se deja enmarcar por los cuartos de la casa, se llenó de bruscas pelotitas blancas que se mezclaron con la tierra y las plantas. Las ventanas se empañaron y parecían contenedores de circunferencias inmaculadas. Después de llover y granizar, el cielo se despejó y se extendió una noche oscura y sin nubes.
9 de junio de 2010
Carlsberg y Kierkegaard


Día de calor sofocante. Tomaba una Carlsberg. Mi hermano me pregunta: "¿No te parece que sabe a Kierkegaard?"
No podía creer que mi brother supiera que aquella cerveza era del mismo país que aquel existencialista de similar abundante cabellera que llamaba al ser humano a dar un salto de fe. Más me sorprendió que supiera del filósofo. Unos días antes había confesado irse a seis segundas vueltas, una de ellas era Historia de las doctrinas filosóficas y todo apuntaba a un inminente extraordinario.
Casi al finalizar ese mismo día, mi hermano se enteró que Kierkegaard era danés, igual que la Carlsberg; y yo confirmé que de cervezas y pensadores el pequeño de la familia sabía poco.
Si se hubiese quedado callado yo me habría quedado con la impresión de compartir techo con un verdadero genio de clóset. Como en casi todo, me equivocaba.
No podía creer que mi brother supiera que aquella cerveza era del mismo país que aquel existencialista de similar abundante cabellera que llamaba al ser humano a dar un salto de fe. Más me sorprendió que supiera del filósofo. Unos días antes había confesado irse a seis segundas vueltas, una de ellas era Historia de las doctrinas filosóficas y todo apuntaba a un inminente extraordinario.
Casi al finalizar ese mismo día, mi hermano se enteró que Kierkegaard era danés, igual que la Carlsberg; y yo confirmé que de cervezas y pensadores el pequeño de la familia sabía poco.
Si se hubiese quedado callado yo me habría quedado con la impresión de compartir techo con un verdadero genio de clóset. Como en casi todo, me equivocaba.
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