

Nunca supimos cómo nos descubrieron. Mi hermano insistía en que la sirvienta las había encontrado accidentalmente con la mano al estar poniendo sábanas limpias, y nos había delatado. Yo, en cambio, tenía otra sospecha. Varias veces había sorprendido a mi mamá revisando gavetas, o leyendo en secreto mi diario -era más bien un cuaderno de apuntes, dibujos y garabatos-, o levantando con sigilo el auricular de otro teléfono mientras yo hablaba con algún amigo.