

Con mochila al hombro, una de mis mejores amigas y yo, nos aventuramos a un viaje que duró siete días por algunos de los lugares más especiales de Chiapas. Con sólo un día de planeación previa, trazamos a priori una ruta que atravesara determinados puntos clave en la enigmática geografía de un estado bañado de bellezas naturales y de vestigios culturales que revelan una historia que constituye parte integrante de la identidad mexicana.
Al llegar encontré que, más que las huellas dejadas por una cultura del pasado, se trataba de una cultura viva, refrescante y diferente a lo que existió en el pasado. Los chiapanecos no eran fósiles vivientes de una forma de vida prehispánica, sino seres humanos que se encuentran insertos en una situación afectada por todos los procesos culturales, económicos y sociales en el mismo país y en resto del globo.
Odié el hecho de llegar con una imagen preconcebida (no en forma negativa, sino idealizada) de lo que vería en Chiapas: frágiles testigos de un pasado de esplendor viviendo aislados de la modernidad (o posmodernidad para otros), un estado militar represivo por todos los caminos, etc.
Pero no. Esa imagen lastimera es la peor visión que se puede tener de un lugar tan complejo y cálido (a la vez) como lo es Chiapas: un estado colorido, con gente amable y sin problemas de seguridad a los turistas. Todo esto y un mágico espesor que impregnaba el aire de frescura en pulmones tan contaminados como los de alguien que vive en la ciudad.

Desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapa de Corzo (y por su puesto el Cañón del Sumidero), Las cascadas de Agua Azul, Chorradero, Palenque (habiéndonos hospedado en un rincón de la selva junto a las ruinas – las cabañas de El Panchán-), Comitán, los Lagos de Montebello y, sobre todo, San Bartolomé de las casas; Chiapas es un lugar que todo viajero con intereses culturales y/o aventureros debe conocer.
Regresar a casa, dejando a tras ese cúmulo de sensaciones que me revelaban que Chiapas fue mía por siete días, fue una reafirmación de la fragilidad de los momentos más bellos que vivimos: son finitos.
Estas son algunas de las fotos de mi viaje.


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